La violencia detrás de la pantalla siempre me resulta
divertida. Sin embargo, cuando se da en la vida real ya pierde su diversión y
se convierte en algo incómodo de presencia, aunque al mismo tiempo tiene una pegajosa
atracción tanto en tu memoria como en la atención que le das en el momento de
suceder. Una mancha de frío chapapote adherida a…
En el instituto, recuerdo aquella pelea en las cuales se
formaba un corrillo alrededor eran un espectáculo tan emocionante para nosotros
lo mismo que el círculo de leones y el domador en el centro del escenario
enjaulado dentro de las campas abombadas de los circos de por aquel
entonces. Una parte del corrillo apoyaba
a uno, la otra parte al otro adversario de la contienda, los había también que
cambiaban de campeón según se viese quien de los dominaba más. En otras
ocasiones había un encarnizamiento mismo explotar la pelea tras varios
empujones anticipatorios que luego derivaba en un arrepentimiento por parte del
corrillo por animar tal cebamiento; oye una vez que le has pateado el culo y ha
perdido, déjalo ya, nosotros queremos un espectáculo limpio. Y es que en la
mayoría de las peleas que presencie cerca de mi instituto los profesores
acudían prestos a disgregar la pelea y el corrillo que se retiraba a una
prudencial distancia a la mínima de ver asomar el perfil de los profesores
furibundos que luego hacían llover partes y castigos a diestro y siniestro
entre los que habían estado cerca y participado, por supuesto, en la pelea.
Vamos, que la cosa casi nunca pasaba a mayores si la pelea sucedía o bien en el
patio y las pistas o a la entrada del edificio.
Y cuando el trasfondo de una pelea destilaba maldad; de esa
que hierve rápido, o lo más repelente, cuando la maldad se había incrustado y
fermentado a lo largo del tiempo, en esas peleas incluso se levaban armas
blancas encima. Yo tuve ocasión en un par de veces de ver algunas de esas
peleas en un callejón que había al torcer la parte posterior del bar de
enfrente, por lo usual, había un agresor y una víctima en este tipo de peleas,
y el agresor solía arrastrar a la víctima a ese callejón, fuera de la
jurisdicción de los profesores. Allí, en la pestilente hendidura que era el
callejón se veían auténticos encarnizamientos; como cuerpos tumbados boca
arriba y con las manos protegiéndose el cráneo mientras no cesaban de
granizarle patadones por todas las direcciones posibles, total eran las piernas
de cuatro matones ni más ni menos. O la vez esa que se predijo una gota fría y
el cielo se puso de un plomo amenazador y al final ni una gota. Aquel día se
produjo una brutal paliza a un chico musulmán que había pegado anteriormente a
quien ahora iba a apalizarle (junto a dos más) por haberle robado al musulmán
la cartera. El ladrón había argumentado que se la había robado por las buenas y
que ahora sí que se iba a enterar de las púas que tenía un peine. El resultado
fue que el chico musulmán tuvo que ser llevado a urgencias en una ambulancia
que fue llamada por un tío y vecino suyo que paseaba cerca y oyó el tumulto. El
chico tuvo que arrastrar una cojera lo que le quedasen de años.
Al enterarme yo de esto, y tras haber visto la pelea, se me
heló el corazón, y cada vez que me acordaba del incidente reciente gélidos
alfileres se clavaban también en el corazón como una reminiscencia de la
primera impresión.
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